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 EXTRA CAPÍTULO 48 – SÁLVAME ¿DE QUÉ COLOR SON TUS OJOS? – CUANDO UN ÁNGEL PIERDE SUS ALAS

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DaphneArs
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MensajeTema: EXTRA CAPÍTULO 48 – SÁLVAME ¿DE QUÉ COLOR SON TUS OJOS? – CUANDO UN ÁNGEL PIERDE SUS ALAS   Vie Mayo 31, 2013 6:48 am

EXTRA CAPÍTULO 48 – SÁLVAME
¿DE QUÉ COLOR SON TUS OJOS? – CUANDO UN ÁNGEL PIERDE SUS ALAS
DAPHNE ARS

Tony Wright –un coterráneo– había sido el último hombre en haber intentado entrar al récord Guinness, después de 266 horas sin dormir, pero la organización desde 1990 había descartado este tipo de “hazañas” por ser perjudiciales para la salud, además de que un finlandés ya había superado a Wright manteniéndose despierto 277 horas. En medio de una disputa entre la inconsciencia y la plena conciencia, Robert estaba sopesando las posibilidades de que tras una semana y media o tal vez dos –hacía mucho que había perdido la noción del tiempo– ya estaba desvariando por la falta de sueño, tal vez sí, había echado una que otra cabeceada por esos días, pero seguro como la mierda que no estabas del todo dormido si lograbas llevar el conteo continúo de las pulsaciones del electrocardiograma al que estaba conectada tu mujer.

La sábana que se arremolinaba en su mejilla olía a hospital, no era un olor netamente desagradable, pero tampoco es que te harías rico si lo enviabas a embotellar, mierda, el cuello lo estaba matando, su cerebro latía en simultáneo con el bip-bip-bip constante del corazón de Marta. Lentamente levantó los parpados y sus ojos se acostumbraron a la luz blanca brillante de la habitación. Él preferiría atenuar las luces, pero a Marta no le gustaba. De pronto, cuando abrió del todo los ojos se dio cuenta por qué le dolía el cuello, había cambiado su posición y tenía la mitad del rostro enterrado entre las sábanas y el colchón de la cama donde reposaba Marta, y las manos aún las conservaba sobre las de ella, una mala posición desde la silla, en todo caso. Liberó sólo una mano para restregarse los ojos y pasar sus dedos por el cabello, necesitaba un corte, pero ahora ¿en qué momento? No había poder humano que lo sacara del perímetro del hospital, más que para ir a cambiarse de ropa o buscar algún examen de Marta, el pub al que solía ir con Seth quedaba a menos de dos cuadras, y sólo iba cuando sabía que alguna de las chicas se quedaba con ella.

Levantó la vista y su corazón se volvió a comprimir al ver a una Marta reducida, no era algo metafórico, ella había perdido peso a pasos agigantados, las mejillas se le habían hundido y las ojeras bajo sus ojos eran de un marrón concentrado, sin contar que sus huesos a penas se veían cubiertos por la piel casi traslucida, huesos y venas… nada más. Con la mano libre acarició el cabello negro, al menos eso no había cambiado, seguía siendo color azabache, un color que la noche envidiaría, él amaba el cabello de Marta, su olor, su sensación entre sus dedos, seda pura… No quería pensarlo, pero en su mente resonaba una pregunta: ¿Cómo sobrevivirás sin ella?, acarició los delgados dedos que reposaban sobre el vientre plano de Marta, sus ojos ardieron. Respuesta: Él no lo soportaría.
En el bolsillo de su jean, vibró su teléfono móvil.

–Hola, mamá –Contestó en tono bajo, sin querer perturbar el sueño de Marta.
–Hola, bebé. ¿Cómo ha ido el día? –Su madre lo había llamado cada noche, para saber de los avances de Marta. La verdad, era triste no tener ninguno. Su amada Marta estaba perdiendo la batalla ante sus ojos.
–Igual –Prefirió decir, antes que entrar en detalles. Su madre siempre terminaba llorando cuando él lloraba primero.
–Bebé… –Se lamentó Clarisse al otro lado–. Puedo ir este fin de semana, el viernes puedo salir antes e ir con papá y Beth a visitarte.
–Bien… –Le daba igual, ellos tampoco lo sacarían del hospital. En ese momento las manos de Marta las sintió frías–. Mierda– Exclamó al ver la ventana abierta, se fue hasta allí y las cerró con el pasador–. Mamá pronto la enfermera vendrá a hacerle el chequeo nocturno a Marta. Hablamos mañana.
–Está bien, bebé, trata de descansar un poco, ¿vale?
–Vale. Adiós –Su madre colgó la llamada y de inmediato llegó la enfermera como invocada.
–Buenas noches, señor Gale.
–Hola, Jane – Saludó. Ya sabía los nombres de todas las enfermeras que chequeaban a Marta.
–¿Alguna acotación? –Preguntó mientras cambiaba el catéter y suero de Marta. Robert apartó la mirada, no podía soportar ver que la manejaban como si fuese una muñeca de trapo. Jane la revisó en menos de 5 minutos, pero al terminar, frunció el ceño. Anotó algo en el historial y se dirigió a la puerta.
–Si necesita algo más, me llama –dijo Jane mirando hacia la cama. Mientras él volvía a su lugar de centinela y tomaba las manos de su mujer.
–Gracias –Contestó, y sintió un leve apretón en su mano que lo hizo volverse de inmediato–. ¿Marta? ¿Me oyes, amor? –ella asintió lentamente–. ¿Qué quieres?
–No quiero –Habló con voz ronca y baja, tan baja que tuvo que inclinarse sobre ella–… más morfina, no más –Cuando Marta abrió los ojos, Robert sintió un frío recorrerle toda la espalda, desde la nuca hasta el coxis, algo iba mal…
–Mi amor, es para que no te duela…
–No es necesario. En serio –Sí lo necesitaba, ella estaba siendo consumida por pequeños tumores que se multiplicaban a una velocidad malditamente rápida. Negó con la cabeza–. No la quiero, necesito estar consciente, Robert, necesito estar consciente…
–No creo que eso sea…
–Por favor –pidió ella con la voz quebrada, el corazón se le comprimió dolorosamente. Asintió, y giró el rostro hasta Jane.
–No más morfina –Dijo dispuesto a una gran discusión, era una medida que habían tomado en los últimos días y aunque mantenían a Marta dormida la mayoría del tiempo, podía resistir sin dolor sus momentos de lucidez.
–De acuerdo –Concedió Jane. Definitivamente algo iba mal–. Llámeme si necesita algo –La puerta se cerró tras ella.
–Eres tan terca, Marta –Dijo acariciándole el rostro. No, ella tenía que sobrevivir porque no había otra opción, Marta superaría esto. Tenía que lograrlo.
–Y tú tan fácil –contestó ella haciendo un poco de presión en sus manos unidas, ¿era esa toda su fuerza? Cómo podía costarle tanto darle un apretón de manos, cuando él sabía muy bien de la pasión y fuerza que podía poner Marta en su toque, él había tenido marcas en su espalda por días, y las quería todavía más, para toda la vida, por siempre, pero… Demonios, como le dolía ese “pero”

La miró a los ojos, no lo soportaría y la soltó de golpe para taparse el rostro, se suponía que él debía ser el fuerte ahora, ser el apoyo para su mujer, pero ¿Cómo? ¿Cómo podía ser el apoyo de ella cuando le estaban arrancando el corazón a tirones? Caminó por la habitación, pero no duró mucho lejos de Marta, volvió al lado de la cama, y si no fuera porque ella tendría que hacer un esfuerzo para mirarlo se habría arrodillado.
–Te amo… No… No me dejes… por favor –le pidió con la voz entrecortada. Le ardía la garganta arañada por la tristeza.
–Lo siento tanto, Robert –Él sintió las lágrimas tentando a sus ojos–… ¿Qué hora es? –preguntó Marta.
–¿Qué? –contra preguntó, extrañado.
–¿Ya es de noche?
–Sí –contestó.
–Me gustan las noches –Marta lo miró–. Por favor, ayúdame a sentarme.
–Tú –No sabía cómo decirle que eso sería como torturarla–… No puedes estar sentada del todo, voy a subir la cama –Ella asintió. Apretó el botón de control de la cama y acomodó las almohadas de forma que Marta podía tener la sensación de no estar acostada.
–Robert –le dijo, él la miró de nuevo–. Por favor, sostén mi mano –Él de inmediato le tomó una de sus manos–. Jamás fui… tan feliz… como lo fui contigo –Mierda, esto no podía estar pasando. <<No hagas esto, Marta. No te despidas>> pidió en su cabeza, mientras con su mano libre se apretó los ojos para reprimir las lágrimas, pero no funcionó, ellas simplemente se deslizaban a través de sus mejillas–… Siento como llega…
–No… –De pronto sintió las frías manos de Marta en su rostro. Ella murmuró algo que él no logró escuchar.
–Nunca supe de… ¿de qué color son tus ojos?… ¿Azules?... ¿Grises?... ¿Verdes?... Por favor… no llores, mi amor –le susurró, pero él no podía controlar su llanto, no ahora que Marta estaba dejándolo.
–Azules –contestó con la voz estrangulada.
–Hermosos… Como luz –Y cuando la miró se dio cuenta que no tendría otra oportunidad para decir todo lo que sentía por ella, cuánto la amaba, cómo la amaba, ella era todo para él, su alma, el aire en sus pulmones, el motor que impulsaba los latidos de su corazón. Su pobre y moribundo corazón, que en el fondo sabía, se iría con ella.
–Te amo, Marta –dijo desesperado–. Quiero que sepas eso, te amo.
–Hola, el final está cerca –murmuró ella intentado sonreírle–, el futuro acaba de comenzar, en el lado oscuro del sol
Él sintió un dolor aún más profundo, recordando aquella vez, la primera vez que estuvo con Marta y que le había sugerido escuchar lo último de Tokio Hotel, ella lo había hecho. Recordó como la acechó porque estaba enloqueciendo sin ella, y en medio de un caos la besó y fue suficiente, cuando sus labios finalmente tocaron los de Marta él supo que no había una maldita forma de separarla de su lado… O al menos eso creyó entonces.
–Marta no… –sollozó.
–Por favor, retrocede un paso –Se echó hacia atrás–. No, tú no –le dijo ella–. Te amo, te amé en todo momento… Y aunque no sé qué esperar… Sólo sé que te amaré siempre.
–Yo también, Marta –La besó fugazmente con todas sus fuerzas, mientras sollozaba penosamente.
–Siempre, Robert… siempre –Él no era un príncipe encantado, ni esto un cuento de hadas, aunque Marta sí era una princesa, pero no fue suficiente. El mundo se detuvo en el preciso instante en que ella se desvaneció en sus brazos, quedó laxa entre su abrazo mientras su último aliento era expulsado a través de sus hermosos labios.
–No, Marta, por favor, no –Suplicó aferrándola más hacia él–. Por favor…por favor… –Robert no podía respirar, el aire se contraía en su pecho, ahora él estaba muriendo, Marta se lo llevaría con ella, y él abrazaría a la muerte como a una vieja amiga, porque sin Marta no había razón para seguir respirando. Dios, esto no podía ser cierto, debía despertar de esa pesadilla ahora.

¡Maldición! el bip constante lo estaba enloqueciendo, despegó los chupones del electrocardiograma del pecho de Marta, silenciando al aparato, y la dejó acostada entre las almohadas, con las manos temblorosas, apartó el cabello de la cara de ella, el dolor y la angustia la habían abandonado para apoderarse de ella una envidiable paz, fue entonces cuando se dio cuenta que estaba solo, ya nadie lo acompañaba en esa habitación en la que había pasado los últimos días, en la que había pedido con delirio por un milagro, en la que había llorado cuando se daba cuenta de que poco a poco la mujer que amaba se consumía e iba desapareciendo lenta e inexorablemente, una habitación en la que en ese momento no sólo había muerto Marta, sino también lo más esencial de él, lo mejor de él.
Llorando como un niño, apoyó sus labios en la frente de Marta, la tomó las manos y se quedó allí sintiendo que caía al vacío, no desde un edificio, sino desde el propio cielo, caía, y ya no tenía alas para poder aterrizar.

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No supo exactamente cuánto tiempo estuvo allí, abrazando el cuerpo sin alma de Marta, pero las manos de Jane fueron las que lo alejaron de la cama, en tanto unas 3 personas, que no pudo distinguir a través de las lágrimas, se encargaron de terminar de desconectarla.

–Lo siento mucho, señor Gale –Dijo Jane antes de ir a la cama y cubrir a Marta con las sábanas. No escuchó la explicación de la enfermera de lo que harían ahora, asintió 2 o 3 veces y se dejó caer en el mueble de la habitación. No entendía todavía cómo podía estar respirando si su corazón ya no estaba en su pecho, sentía un hondo hueco negro, un vacío profundo… Estaba entumecido, era como si todo a su alrededor comenzará a pasar en cámara lenta y en otra dimensión, como el autómata que era buscó en su bolsillo, y escribió un mensaje con 4 destinatarios. Escribió varios intentos de saludo, pero lo borró, no iba a andar con rodeos: Se fue. 11:13.

Supo la hora porque la pantalla del electrocardiograma había quedado titilando en el momento en que el corazón de Marta dejó de latir.

En su mano, vibró el móvil. Atendió pero no dijo nada.

–Bebé –Se lamentó su madre–… Lo siento mucho, cariño. Vamos saliendo para Londres, por la hora llegaremos rápido.
–No es necesario, mamá –Se escuchó decir, pero no reconoció el sonido de su propia voz.
–Claro que sí, bebé. Sé que es un momento muy duro, y lo que te voy a pedir es difícil, pero quédate donde estás y espera a que lleguemos para encargarnos de lo que haga falta en el hospital.
–Yo puedo…
–No, bebé. Es muy doloroso el proceso, sólo espera que lleguemos –Al otro lado ya se escuchaba el motor del auto de su padre.
–Mamá… –Dijo, y se le quebró la voz.
–Mi bebé, estaré allí muy pronto.
–No puedo soportar esto… No voy a soportarlo…
–No digas eso, hijo…
–No lo entiendes, mamá –Sollozó sin controlar su tristeza–. Ella es mi vida… No puedo seguir sin ella…
–Robert, por favor, no vayas por ahí. Tienes que ser fuerte…
–No puedo, mamá… Es más de lo que puedo soportar…
–Por favor, acelera, necesitamos llegar cuanto antes –Oyó que decía su madre lejos del móvil. El motor ronroneo–. Bebé, no te muevas del hospital, por favor.

Robert inconscientemente miró por la ventana, trató de abrirla pero el pasador estaba trancado, cuando lo había cerrado momentos antes lo había hecho mal, en todo caso no es como si quisiera lanzarse por allí. Era más fácil hacerlo por el puente de Londres si quería algo dramático, pero si quería algo discreto, quedaba un depósito surtido de medicinas en la cocina del departamento. Diablos, ¿Así se había sentido Marta las veces que había querido morir? ¿Ella había sufrido así, como él ahora, para no encontrarle sentido a la vida? Ahora que estaba sintiendo esa triste y peligrosa tendencia suicida entendía el significado de “morir por alguien más”

–¿¡Bebé!? –La voz alterada de su madre le indicaba que tenía rato intentado recibir respuestas de él.
–Lo siento, mamá –Dijo, no por haberse distraído, sino por la idea que se estaba creando en su cabeza–, no puedo vivir sin ella…
–¡¡No, Robert!! –Gritó su madre–. ¡Acelera!
–Lo siento mucho…
–Bebé… –Él cortó el llamado. No había forma de seguir, no sin Marta y con ese dolor que lo adormecía.
–Mierda…– Dijo mirando a su alrededor, estaba bailando sobre un suelo de locura.

Cómo se suponía que iba a seguir adelante. Despertar sin Marta, ir al trabajo y no verla allí, sumida entre páginas y páginas, con su aire de inteligencia y autoridad, ir a hacer las comprar y discutir porque a ella no le gustaba la salsa tereyaki, aunque al final siempre compraba un frasco, cómo vivir sin aquella que le daba sentido a tu vida con sólo respirar… Golpeó la pared más cercana con toda la fuerza posible, y el dolor físico se mezcló con el de su muy jodido y maniatado corazón.

Se pasó las manos por el cabello desde la raíz hasta la punta, varias veces. Y entonces, todo cayó sobre sus hombros, terminó pegado a la pared y se dejó caer al suelo mientras que un llanto desconocido e incontrolable se apoderó de él desde lo más profundo de su ser…

Fue de nuevo consciente de su alrededor cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe, unos brazos lo rodearon y comenzaron a arrullarlo como un bebé.

–Mamá está aquí, bebé. Llora… llora todo lo que necesites, pero no dejes que esto te consuma. Tú, eres mi vida.

Y esas últimas palabras fueron lo único que lo hizo mantenerse en tierra, nada más, pero supo que una parte de él se había ido junto a Marta, y nunca volvería… Nunca.







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